Cuatro vienesas judías perseguidas por el nazismo llegaron a Venezuela en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Sus voces volvieron al lar natal gracias a una obra instalativa creada por las venezolanas Nayarí Castillo y Jacqueline Goldberg, que formó parte de la exposición Hotel Metropole. Dar futuro a la memoria, del Wiener Festwochen 2015

En marzo de 1938, poco después del Anschluss —incorporación de Austria a la Alemania nazi— el hotel fue expropiado por la Gestapo para formalizar el más grande y terrible de sus cuarteles. Allí fueron llevados miles de prisioneros —sobre todo políticos, comunistas, socialistas, sindicalistas y judíos— para ser interrogados, torturados y asesinados. Según informes de la Gestapo vienesa, a mediados de diciembre de 1938, había en ese sitial de horrores 21 mil prisioneros y se sabe que más de la mitad de los 22.000 internos que llegaron al campo de concentración de Dachau ese año fueron austriacos provenientes de la Gestapo asentada a la fuerza en el Hotel Metropole. Posteriormente, el edificio fue dedicado únicamente a agrupar a los judíos que serían enviados a las garras de los campos de concentración. Se cuenta que fue de los pocos centros de tortura nazi donde los prisioneros eran sumergidos en tanques de agua.

El otrora Hotel Metropole sufrió severos bombardeos. Al terminar la Segunda Guerra Mundial en 1945, se convirtió en ruinas que fueron removidas en un intento por deshacer la memoria. En 1951 supervivientes de los campos de concentración levantaron un monumento conmemorativo que en 1985 fue reemplazado por un memorial erigido por las autoridades de la ciudad de Viena, en el que se usaron bloques de granito provenientes de la cantera del campo de concentración de Mauthausen. Se colocó una estatua de bronce simbolizando a un superviviente y una inscripción que reza: “Aquí se alzaba la casa de la Gestapo. Fue un infierno para los confesores de Austria. Fue para muchos de ellos el atrio de la muerte. Ha caído en la ruina como el Reino de los Mil Años. Pero Austria renace y con ella nuestros muertos, víctimas inmortales”.

“He tenido la suerte de ser invitada a participar en proyectos donde debo interpretar una historia con la que no he tenido contacto directo, a sabiendas de que todas las historias son universales. A pesar de vivir en Graz carezco de la ‘culpa social’ con la que conviven muchos austriacos. Y eso para los curadores era importante por ser otro punto de vista. En este momento se está analizando mucho la relación de Austria con la Shoá, pues es una historia no conversada, no tratada a fondo como sí se ha hecho en Alemania, donde prevalece una conciencia social y gubernamental en relación a la Shoá”, señala Castillo.

Por otra parte, a Castillo llamó la atención la ausencia femenina tanto en el libro como en el documental. “La historiografía es masculina. Y yo quería indagar en voces femeninas, que además son las que transmiten la herencia judía. Esto, además, tiene mucho que ver con el colectivo de mujeres artistas al que pertenezco en Graz, con el que buscamos la mirada femenina de la historia y de esos gestos que por cotidianos suelen no registrarse”, persiste.
Voces, espacios y piezas
La instalación, titulada Hay una mujer judía nacida en Viena que alguna vez extravió sus pasos, se materializó desde los testimonios de Lily Klaber de Halasz (1921); Lily Goldberg de Jacoby (1922); Suzanne Kobler de Iglicki (1934); y Vivian Dembo (1953). Las dos primeras nacieron en Viena y llegaron a Venezuela siendo jóvenes, la segunda partió muy niña en el célebre barco Caribia y sus recuerdos son borrosos. Y la última, nacida en Venezuela, tomó recuerdos de su madre, la artista plástica vienesa Susy Scheweinburger de Dembo. A partir de cada una de estas voces en primera persona y de textos poéticos sobre sus historias, Nayarí Castillo realizó una pieza que simbolizaba algún elemento de su travesía. Mientras tres de las piezas de la instalación permanecían dentro de la galería, cada jueves, a las dos de la tarde, una de ellas era intercambiada y dejada sobre un extraño pedestal en la transitada Morzinplatz, frente al cual se escribió sobre el piso un texto de 36 palabras: “En este piso. Tantos pasos. Viejos y nuevos pasos. Sufridos, culpables. Nombrados, silenciados. Piso de intemperies, botas, gritos, mujeres que partieron con la niebla. Piso de no ver, de sopesar aquello que sin remedio pasó. Pasa.”
“Me interesaba la idea de anti monumento, el que una obra que puede estar dentro, también puede estar afuera, en el espacio público, lo cual supone exponer el trabajo a la intemperie, a una percepción diferente, a situaciones que no controlo. De hecho, el mismo día que se montó en la plaza la primera de las piezas, la misma fue vandalizada. Contenía peonías que viajaron desde Venezuela y dieciséis kilos de café brasileño. El café fue robado y hubo que reemplazarlo en unas pocas horas. El resto de las piezas no sufrió daño alguno”, acota Castillo.
Todos los textos fueron traducidos al alemán por la reconocida escritora Fernanda Krahn Uribe —nacida en Nueva York, criada entre Chile y España y residenciada en Graz—, quien no por casualizad está muy vinculada a Venezuela: sus padres, el dibujante Fernando Krahn y la escritora María de la Luz Uribe, son autores de viarios libros publicados por Ekaré, editorial fundada por su tía, Verónica Uribe.
Mi viaje a Austria fue posible gracias al invalorable apoyo de “<rotor> centro de arte contemporáneo”, la Confederación de Asociaciones Israelitas de Venezuela, la Unión Israelita de Caracas y la Asociación Israelita de Venezuela.
Jacqueline Goldberg
fotografías Joaquín Ojeda Ferrero, Aymara Arreaza, Mara Morillo
Fuente: El Estimulo